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EL CABALLO CHILENO EN LA COLONIA

Publicado : 18-02-2010

Desde 1608 hasta principios del siglo XVII el primitivo reino de Chile estuvo dividido en dos partes. La primera fue llamada por don Alonso de García y Ramos en su informe al rey como una zona de paz que comprendía unas 200 leguas desde el río Bio Bio hasta el norte, âen donde por la bondad de Dios no hai un indio en guerra i todos gozan de gran paz i quietudâ, por lo que en aquella zona lentamente se cimentaba el progreso y la civilización traída por los primeros conquistadores.

La otra zona, que se extendía al sur del Bio Bio, no era de paz; los informes que enviaba a Su Majestad don Alonso de Sólorzano Velasco así lo expresaban: âEl numerosos jentío de esta indómita canalla, tan crecida como osada i libre, pues no solo se sujetaron al señorío del Inca, pero no quisieron 

admitir jamás ríe de su propia nación ni de la ajena, su ánimo impaciente i guerrero no puede ajustarse ⦠los caciques usan de picas, alabardas i lanzones, hachas, martillos, arcos y flechas, i la caballería pelea con lanzas y adarga (escudo) uso, al español de quien lo habían aprendido i habido los caballos que hoy tienen⦠pluguiere a Dios no se tuviese tanta experiencia de elloâ

Efectivamente ya en 1585, fecha de esta nota, el soldado da cuenta de la incorporación del caballo en el guerrero araucano que fue de ahí en adelante un problema sin solución para los conquistadores que vieron postergados sus afanes de conquista merced a la férrea defensa de los jinetes naturales, esto es los âindiosâ araucanos.

Invitando la pluma del historiador don Claudio Gay, quien se fascinó con el guerrero araucano montado, podemos leer en su libro de Historia de Chile: âLa caballería araucana pareció en aspecto formidable: bien armada de lanzas de extraordinario alcance, conducida con regularidad, i mostrando los jinetes desembarazo, soltura i no poca gallardíaâ

La conclusión se la dejamos a don Uldaricio Prado: âLa población caballar del país encontró en este nuevo medio de producción, un valioso concurso de constante estímulo, que mantenía sus cualidades de animales útiles. Los continuos combates i los ejercicios de la guerra hicieron del indio chileno por otra parte, el mejor soldado de caballería, cuyos méritos bien lo reconocían las mismas autoridades españolas que reparaban en el guerrero montado, su fiereza y rusticidad a la par de los caballos, anotando: âllevan matalotaje - provisiones - para quince días, con una taleguilla de harina colgada al lado, de seis o siete libras i un calabacillo â mate - en que deshacen en agua, dos veces al día, un poco i la beben i es bastante mantenimiento para conservar su robustez; andan cabalgados con mucha ligereza, porque con fuste i una poquilla de crea por basto, que pesará cuatro libras, i los estribos de palo él i su lanza serán de tres a cuatro arrobasâ

El padre jesuita Miguel de Olivares, ya en la época colonial (1730), menciona el gran apego que los naturales, o criollos, sentían por el caballo. Al respecto señala: âes cierto que la noble calidad de los caballos de este reino disculpa la demasiada afición que les tienen los naturales (él también lo era pues había nacido en Chillán a fines del siglo XVII). Son admirables en la celeridad de la carrera, en el brío de acometer los riesgos, en el garbo del movimiento, en la actitud de coger i deponer el coraje, en la docilidad de la obediencia i en la hermosura de la formaâ. Y refiriéndose a la crianza del caballo manifiesta: âEligen los dueños de haciendas las yeguas de mejores razas, de mayor corpulencia y mayor talle, con un caballo padre de cualidades sobresalientes y experimentadasâ.

El sacerdote nos reitera que en el siglo XVII y XVIII se seguía haciendo la selección de reproductores al igual que hoy, en el siglo XXI, o sea, casi 500 años de selección le confieren en propiedad a nuestro Caballo Chileno el título de Raza.

Resulta especialmente interesante el apunte del padre Olivares acerca del caballo chileno; al igual que ahora, los amansaban a los tres años acostumbrándolos a los trabajos más duros de la hacienda, al campeo de la manada, en donde manifiesta que debían dominar a âtoros y novillos de indómita ferocidad valiéndose del arrojo y la gimnástica de sus caballos y de su maestría del instrumento que aquí llaman vulgarmente lazo, que es correa gruesa y retorcida de cuero de toro, que atada al lado derecho de la cincha de la montura (pegual) sirve en su otro extremo para enlazar i sujetar los animales más indómitos â.

Valga este apunte como referencia técnica, el sacerdote habla de correa de cuero retorcida , graficando así al lazo típicamente chileno que es torcido, nunca trenzado, que es propiamente argentino puesto en boga por contemporáneos innovadores que despreocupadamente alteran otra tradición.

En cuanto a la preparación y posterior destino de los caballos, el historiador Olivares señala que los jinetes de la época ejecutan una serie de ejercicios en sus faenas destinados a apreciar sus cabalgaduras en su aptitud, garbo, resistencia y agilidad. Es así que en una especie de ritual ejecutan giros veloces, detenciones, retrocesos, al tiempo que precipitan a toda carrera el caballo para arrimarlo a una vara y volver rápida, pero controladamente su caballo en movimientos imperceptibles para ojo poco afinado, pareciendo ambos uno solo.

Ahí está, señores, el mismo trabajo de la boca y la rienda que ha hecho de nuestro caballo el más polivalente y rústico del hemisferio sur de América.

Pero ya en aquel tiempo el caballo chileno tenía amplia mercado, a pesar del gran número que existía; basta con remitirse al autor mencionado que apunta que un buen caballo se vendía entre cuatrocientos y mil pesos, que es mucho precio, -dice- reparando que âeran buscados aquellos brutos para conducirlos a Europa como regalo a los príncipes haciéndole caminar centenares de leguas y muchas más por marâ

Gran dato nos aporta, pues podemos decir que nuestro caballo se exporta desde el siglo XVIII.

El también historiador y sacerdote jesuita, padre Felipe Gómez de Vidaurre, aporta antecedentes acerca de las cualidades y esmerada crianza que se hacía de los caballares a fines del siglo XVIII, escribiendo que la gran afición de algunos criadores de caballos que comenzaron a dedicarse a la producción de caballos corredores por medio de la selección de potros y de yeguas, en tiempos que estas comenzaron a ser montadas. Gómez de Vidaurre señala: âLos caballos en Chile son en verdad generalmente bien hechos, bellos, fuertes, espirituosos (vivos) e infatigables, en suma tienen toda la fuerza i cualidades que se requieren en su especie para el aprecio de sus individuosâ.

âLos chilenos ponen gran atención en conservar en toda su pureza estas castas y no permiten jamás que una se mezcle con otra, a fin que no venga a degenerar o perder sus apreciables cualidades. Todas estas castas tienen un bello cuello, con hermosísima y abundante crin, cabeza pequeña i bien formada, la cola bien poblada, el pecho bien hecho, las piernas secas y fuertes i las uñas tan duras que resisten a la piedra viva sobre la que se les hace caminar continuamenteâ.

Pero también ensalza el carácter del caballo: âLos caballos de los señores i aún los de mediana condición no se les verá sacudir la cola (rabicheo), porque usan castigarlos, lo que se tiene como una especie de civilidadâ.

Ya por esos años el incremento del cultivo de trigo hacía necesario, en las haciendas, el mantenimiento de grandes manadas de yeguas trilladoras, hembras que eran escogidas por su calidad como madres destinándolas a la reproducción. Cada hacendado se esmeraba por tener las mejores y más ligeras, a las que alimentaba con abundantes y nutritivas raciones. Si alguna de ellas fallaba o demostraba poca aptitud, se le sacrificaba destinándola al cebo y aprovechar el cuero, otro antecedente de la rigurosa selección de las madres.

Finalizando el siglo XVIII y durante la primera mitad del siguiente, algunas manadas de yeguas tuvieron reconocida fama. Así fueron elogiadas y muy âmentadasâ â afamadas - las de Longotoma y Catemu en Quillota, donde había gran cantidad de siembras de grano; las de Apoquindo, Peldehue, las del Principal y San Juan; las de Lo Aguila y especialmente las de Quilamuta y de Aculeo. En la provincia de Concepción sobresalieron las de Longaví, Caliboro, Cantenta, Guillinco. Se estimaba que un ciento de yeguas podían cosechar en cinco días un millar de fanegas, si el tiempo estuviera seco.

El gusto por el caballo y su selección, sirvió directamente al hecho más importante de nuestra historia, como lo fue la Independencia. Los jinetes chilenos eran elogiados entre los españoles, apreciación que se acrecentó durante las batallas que permitieron liberar al país de la dominación de la corona hispana. La excelente caballería chilena, unida al coraje de soldados y huasos, superó a las fuerzas godas. Unos tres mil jinetes apoyaron la instalación de la primera Junta de Gobierno en 1810. Solo un año después don Juan Martínez de Rozas formó una caballería de quince mil hombres, dejando todas las ciudades y villorrios representadas en este ejército, llamando a reconocer cuartel a ricos y pobres montados en sus mejores caballos para asistir a ejercicios doctrinales.

Don José Miguel Carrera, en 1813, y don Bernardo O'Higgins, en 1814, aumentaron la caballería revolucionaria a dieciocho mil efectivos. Aquella caballería provenía de cuerpos montados de Melipilla, Los Andes, San Felipe, San Fernando, Rancagua, Talca, Curicó y Quillota. La historia da cuenta que este ejército cabalgó desde Marzo de 1813, fecha en que se inició la campaña, hasta octubre de 1814, o sea 19 meses de continuos afanes guerreros haciéndolo primero en sus propios caballos y luego remontados en caballos comprados por el gobierno. El historiador Nicanor Molinare manifiesta con admiración hacia la campaña libertadora que: âestos jinetes dieron de beber agua a sus caballos en las márjenes del Bio Bio, en el Maule i hasta en el mismo Mapocho, por octubre de 1814â Molinare manifiesta con asombro que el caballo que salvó a José Miguel Carrera en El Roble provenía de los famosos caballos cuevanos, atendiendo la cercanía de la familia del prócer con don Pedro de Cuevas, afamado criador de caballos.

La historia nos permite visualizar que los 340 años de guerra entre araucanos y españoles, legaron a los soldados de la Independencia un caballo y un jinete extraordinarios. En tanto los jinetes de 1810 y de 1817 proclamaban la libertad sobre su montura, nuestro Caballo Chileno se consolidaba como identidad nacional hasta ahora.

Crónicas de jinetes y caballos chilenos de excepción se suceden por todos los historiadores, aunque como lo que nos preocupa es la crianza del caballo, nos vamos a remitir a los antecedentes sobre esta materia.

Para valorizar en los años que han existido verdaderas poblaciones caballares en los fundos y haciendas, consignaremos antecedentes que nos podrían señalar lo que serían los futuros criaderos, los cuales darían pie a la fundación de lo que entendemos como tal actualmente. Fueron centros productores de caballos de selección las siguientes haciendas:

  • Propiedades de los jesuitas vendidas entre 1768 y 1776
  • La gran hacienda de La Compañía en Rancagua vendida a don Mateo de Toro en 1771
  • Calera de Tango a don Francisco Ruiz Tagle
  • Colchagua a don Miguel Baquedano
  • Ocoa a don Diego Echeverría
  • San Pedro a don Manuel Carvajal
  • El Principal al señor Huidobro, Marqués de Casa Real, en 1774
  • Limache a don José Sánchez Dueñas en 1776
  • Cato, en Chillán, a don Lorenzo Arrau
 

 

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