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LA SELECCIóN DESDE DE LOS ORIGENES

Publicado : 18-02-2010

Era tal la afición y esmero de los jinetes españoles por los caballos que el historiador don Benjamín Vicuña Mackenna asegura que ya en el año 1551, a poco menos de diez años de haber llegado a Chile los españoles, el Honorable Cabildo de Santiago ordenaba marcar las yeguas, potrillos y potrones por haber ya un número de consideración, dictando de paso numerosas providencias sancionadas por el Gobernador quien dispone al cuidado de éstas a un funcionario especial con el título de âyegüerizoâ.

Vicuña Mackenna dice que al principio de la colonización había tal cuidado por la raza de caballos, que el mismo Cabildo había prohibido que las montas (cruzas) se hicieran sin la inspección previa de los âAlbéitaresâ (veterinarios ó expertos). Esta sabia determinación de los gobernantes indica un principio de selección, situación que se ha mantenido por casi cinco siglos en la formación de nuestro Caballo Chileno.

Otro de los aspectos que demuestran la selección racial es aquel, que consta en la historia, que menciona el uso de las yeguas como silla, a pesar de las costumbres caballerescas de los españoles que no permitían el uso de las yeguas como montura. No obstante la escasez de caballos, debido a los combates con los indómitos aborígenes y la urgencia por disponer de una caballería fiera para poder conquistar, los 

hizo montarse en reproductores de ambos sexos sorprendiéndose con las hembras que en nada diferían en la gimnástica, rienda y resistencia de los machos, lo que las hace apreciadas entre la tropa donde pronto comienzan a ganar prestigio al igual que los potros.

Los sucesos dieron lugar a la llegada, como Gobernador del Reino de Chile, del joven oficial de Caballería don García Hurtado de Mendoza, hijo del Virrey de Perú; jinete altamente capacitado en el arte ecuestre, ya fuese a la española o a la morisca, quien trajo para su sola montura personal cuarenta y dos potros muy lujosos, de los cuales venían algunos especialmente seleccionados para la guerra, otros para los juegos ecuestres y también para las paradas o fiestas de ostentación, sementales escogidos que mezclaron sus genes a la ya seleccionada población caballar existente en el país.

Pero la continua guerra con los araucanos, mal llamados indios por los españoles tras creer que Colón había llegado a âlas Indiasâ, mermó considerablemente la masa caballar de los españoles que vieron desaparecer sus cabalgaduras en el fragor de la batalla y en sangrientos robos a manos de los âindiosâ. Se calcula que en 1580 aparece otro factor que marca y equipara en alguna medida las fuerzas: la adopción del caballo como arma de guerra por parte de los guerreros araucanos. Estos, sabedores de la supremacía que ofrecía la caballería, se apoderaron de los caballos que los españoles perdían en las batallas. Pronto se familiarizaron tanto con él que se convirtieron en jinetes mucho más diestros y valientes que ellos mismos, propinándoles a los conquistadores duros reveses en combate, merced a este nuevo aliado que dominaban magistralmente.

El historiador, don Diego Barros Arana, al referirse al gran apego de los conquistadores por el caballo y su selección relata que una de las fiestas más solemnes instituida en dicha época fue âEl paseo del estandarte realâ, festividad ordenada por el Cabildo tras recibir Santiago el título de ânoble y leal ciudadâ el 23 de julio de 1556. Se confeccionó el gallardete en seda natural con la figura del Santo patrono de la ciudad, el Apóstol Santiago montado en su caballo, acordando que en cada aniversario âse regocijen los habitantesâ. Esta cabalgata se repetía cada año y pasó a ser la fiesta más popular y más concurrida de la colonia.

El establecimiento de esta fiesta sucede en el mandato de don García Hurtado de Mendoza quien dispone que, para cuantificar y asignar la âhaciendaâ â ganado - a los terratenientes, se reúnan los vacunos una vez al año en la Plaza de Armas de la ciudad. En aquella época, los campos no estaban cercados por lo que el ganado se encontraba disperso en los cerros pre cordilleranos. Esta faena la fijó para el 24 y 25 de julio, fiesta del Apostol y se repitió por más de dos siglos.

Aquel episodio, da pie a los historiadores para establecer que el rodeo se realiza desde aquella fecha. Aquel rodeo era una faena del campo y no el deporte que conocemos actualmente, el cual es una derivación de esa tarea ganadera la que debería esperan un par de siglos mientras se constituía el mestizaje dándole paso al natural, o criollo, personaje con el que comienza a nacer el jinete más trascendente de nuestra historia: El Huaso con el que van distinguiéndose en nuestro caballo las características de resistencia, rusticidad, agilidad y sobriedad que perduran en nuestro caballo actual.

 

 

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